*
Una rosa me mira
desde el limbo,
sonámbula de sal
y de misterio,
en el abismo oculto de los bosques,
espectral entre árboles del génesis.
La noche se derrama sin pudor,
sobre la tierra de tortugas,
aterida y desnuda para el humus.
La piedra de la cábala
no miente,
una sombra muy fría
va escondiéndose
con dudas y secretos de menhires.
Entramados de voces ya extinguidas,
códigos de belleza de otros siglos...
Los huesos del crepúsculo se aquietan
en cementerios lánguidos,
entre conjuros vivos de cenizas
y sortilegios áureos del umbral.
El atanor dispuesto en el crisol
del alquimista de agua
que en el mercurio antiguo
de los sabios
permite destilar
ya, sin peligro,
el azogue ancestral desde el nigredo.
Ana Muela Sopeña
miércoles, 5 de agosto de 2009
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